Inyección de toxina botulínica

Las inyecciones de toxina botulínica se han convertido en un tratamiento popular de arrugas y efectos visibles del envejecimiento, incluyendo: patas de gallo, hendiduras, líneas de la frente, líneas de la nariz y alrededor de la boca, y franjas cutáneas alrededor del cuello. Las arrugas causadas por la exposición al sol no suelen responder al bótox. El bótox también cuenta con la aprobación de la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos (FDA, en sus siglas en inglés) para el tratamiento de migrañas crónicas, rigidez muscular y trastornos de los músculos oculares.

Las inyecciones de toxina botulínica bloquean las señales enviadas desde los nervios a los músculos. Tras la inyección, el músculo ya no puede contraerse con fuerza, consiguiendo de esta forma que se suavicen las arrugas. Se observan resultados visibles normalmente a las 72 horas. Es importante tener en cuenta que el Botox no rellena las arrugas existentes, sino que relaja los músculos que crean estas arrugas.

Los efectos secundarios más comunes del bótox incluyen dolores de cabeza, hematomas y párpado caído temporalmente. Otros riesgos son náusea, dolor, enrojecimiento temporal y debilidad en los músculos faciales. Si la toxina botulínica se extiende a otras zonas distintas de donde se inyecta, puede provocar problemas de respiración y deglución peligrosos, pudiendo causar incluso la muerte.

Aunque de carácter temporal (normalmente dura de tres a cuatro meses), el tratamiento puede realizarse rápidamente y no requiere ningún tiempo de recuperación, por lo que es más conveniente y menos doloroso que otros procedimientos. Sin embargo, es importante señalar que el bótox requiere mantenimiento frecuente y es indispensable encontrar a un profesional de total confianza para administrar las inyecciones, dados los riesgos asociados.